Los mejores planes son los improvisados

Hoy en el blog, nuestra compañera Isabel Sánchez de la delegación de Record Go en Málaga nos cuenta la historia de uno de sus viajes, en los que visitó el Parque Warner de Madrid y la Pastelería Santa Teresa de Loja, en Granada. Un viaje que surgió sin planearlo pero es que, en muchas ocasiones, los mejores planes son los improvisados.


Una mañana de noviembre, estábamos mi hermana y yo desayunando, recuperándonos de la dura y larga temporada de verano. Trabajamos fijas discontinuas, ella en un hotel y yo en Record Go, por lo que nuestras vacaciones comienzan cuando todo el mundo las ha disfrutado ya. Mientras comentábamos nuestras intenciones de aprovechar el invierno, sonó su móvil.

Un compañero suyo del hotel, encontró una oferta buenísima por internet de 7 entradas al Parque Warner de Madrid, más noche en hotel, por 50 euros por persona. ¡Chollazo!. Mi hermana le preguntó si podía venirse alguien más (yo), y él dijo que sí, pues iban a alquilar una 9 plazas y en el coche sobraba sitio. Así que de golpe y porrazo, teníamos planes para el día siguiente.

Llovía a cantaros todo el trayecto y la verdad es que temíamos hacer el viaje en balde ya que allí no se iba precisamente a estar bajo techo. Pero José Luis, el compañero de mi hermana que organizó todo, dijo que no nos preocupáramos que vió la previsión del tiempo y anunciaba sol. Sólo quedaba confiar en él y… en eltiempo.es.

La fortuna estaba de nuestro lado, porque nada más salir del coche, el sol picaba de intenso que era.

Ahí no acabó la buena fortuna. Yo tenía que comprar la entrada directamente en taquilla, ya que la oferta era para 7 y  fui la última en incorporarme. Me acerqué a la taquilla con José Luis para ver si su oferta se podía ampliar. El muchacho que nos atendió me dijo que eso era sólo online, y que la entrada eran 50 €. Yo puse cara de penita y los ojos como el gato de Shrek, pero empecé a sacar el monedero. Cuando el muchacho me dice: ¿de dónde vienes? – De Málaga – le dije. El chico me miraba, tecleaba, me volvía a mirar y seguía tecleando. De repente me dice: la entrada es 19,90. Yo abrí los ojos como platos extrañada. Incluso el compañero que estaba en la misma cabina se giró para mirarle con una sonrisa cómplice. Le di las gracias 19 veces con una amplia sonrisa y me dijo: De nada, pásalo en grande. Cuando miré la entrada, vi que me había puesto una tarifa especial… ¡que detalle más bonito!

Entramos y cual grupo de niños chicos empezamos a planificar donde montarnos.

José Luis quería las montañas rusas y consiguió convencer a otro compañero para que se montara con él en la más impactante de todas ellas. Cuando salieron, el compañero tenía la cara blanca como la pared. Cuando vimos el video del recorrido (¡dio hasta una arcada en una de las bajadas!) nos reímos tanto que la gente no paraba de mirarnos… parecíamos otra atracción (He de decir que tengo la risa un poco escandalosa)

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Algunas atracciones eran divertidísimas y otras se nos quedaba cara de poker y buscábamos con la mirada a quien era el que nos convenció para meternos en esa petardada. Pero el rencor nos duraba poco porque siempre encontrábamos algo tonto de que reírnos.

Mi obsesión era llevarme algo de el gallo Claudio, porque desde pequeñita siempre me gustó (un llavero, una taza…algo) pero por más que busqué en tooodas las tiendas de souvenirs, no encontré nada. De todo el viaje, fue el único “pero”, que, la verdad, es para darse con un canto en los dientes.

Mientras esperábamos que se metiera José Luis por 5ª vez en la montaña rusa (ya sólo, porque no pudo convencer  a ninguno para montarse con él) yo vi una atracción bastante infantil (o eso era lo que creía yo) en la que te montabas en una especies de cacerolas que giraban, subían y bajaban.

No había un alma en la atracción y el chaval que estaba metido en la caseta estaba tan aburrido que daba pena verlo.

Convencí al grupo para montarnos allí y cuando eso se puso en funcionamiento, mi hermana empezó a decir “esto no es tan infantil, ¿eh?”. Sólo recuerdo reír y gritar como una loca y tenía la sensación de que eso duraba más de lo habitual que las otras atracciones.

Cuando nos bajamos, había un montón de gente en la cola, con la sonrisa en la cara, con los ojos clavados en mi cabeza despeinada y expresión de alegría. Saliendo de la atracción, el chico de la cabina, me posó la mano en el hombro y me dijo sonriendo “Gracias”.

Así que, además de disfrutar como una enana, animé la atracción y el muchacho dejo de estar con cara mustia.

La última atracción del día, era un espectáculo de La loca Academia de Policía, donde un grupo de  especialistas de coches hacían virguerías y manejaban los coches que daba gusto verlos. ¡Qué forma de correr, poner los coches a dos ruedas, aparcar de un volantazo! ¡Espectacular! En mi trabajo no estoy acostumbrada a ver a los extranjeros conducir así. Más bien todo lo contrario…

Nos fuimos al hotel con los ojos como brótolas pues llevábamos desde las 5 en pie y no habíamos parado de montarnos en todos los “cacharritos”.

A una chica del grupo, su jefa le había encargado comprar lotería de Navidad de Madrid, y también mi hermana y yo queríamos comprar un décimo por si las moscas.

Por más que preguntábamos en el hotel y cercanías no tenía nadie lotería.

La mañana antes de partir, nos fuimos ésta chica y yo a recorrernos la barriada cercana al hotel porque era nuestra última oportunidad. Entramos en panadería, bares, peluquerías, etc. Hasta que una señora nos indicó un bar en el que seguro les quedaba algún décimo. Cuando llegamos, el nombre del bar ya nos dio buen feeling… Bar La Esperanza. Nada más entrar, vimos que tenían colgado toda una hoja de décimos. La chica temía que, al ser un bar, nos los cobraran más caros por ser de peñas ó algo. Nos acercamos y con mi billetito de 20 eur le dije al del bar: ¿me da un décimo, por favor? El hombre, parco en palabras, se giró, cortó uno de los décimos y me lo dio sin más. Miré a la chica con una leve sonrisilla.

La chica se fijó en que el número terminaba en 7 y esa terminación ya la llevaban. Yo le dije que le preguntara a su jefa que hacer. Ella salió a hablar por el móvil y yo esperaba en la entrada del bar.

Había un anciano leyendo el periódico, tomándose el cafelito en la terraza y me dijo: ¿habéis comprado lotería? – Si, al menos yo llevo un numerito – dije al hombre – Pues que sepáis que ese número lleva en éste bar muchos años y siempre toca algo, mínimo la devuelta, así que si toca el gordo, tendréis que venir aquí a celebrarlo. – Eso está hecho – contesté sin titubear. Ojalá, pensé…

La chica me comentó que su jefa le dijo que daba igual la terminación y que comprara dos décimos. Así que entramos al bar de nuevo y cuál es nuestra sorpresa cuando vemos que ya no hay ningún décimo colgado. Le pregunta la chica al del bar y le dice que un hombre que había en la barra se los había comprado todos nada más salirnos nosotras. Ella no daba crédito y se fue para el hombre pensando lo peor… que no se los iba a revender ó que le iba a pedir 25 € por décimo aprovechando su desesperación. Pero no, el hombre le pidió 40€ y la chica salió del bar suspirando de alivio porque se temía lo peor.

No nos tocó el gordo, pero sí la devuelta. ¡Algo es algo!

De camino a Málaga, uno de los chicos del grupo tenía el encargo de llevarle roscos de Loja a su madre. Como no teníamos ninguna prisa, nos pareció buena idea hacer una paradita en Granada y merendar unos rosquitos.

El chico nos dijo que teníamos que buscar la pastelería Santa Teresa ya que es la más antigua y con mejor renombre así que, como no sabía en qué calle estaba e iba de copiloto, se disponía a preguntar a alguien por la pastelería. Iba pasando mucha gente al lado de la furgoneta y le decíamos los demás: Venga, pregunta a ese. Pero él decía: – No, ese no va a saber… no esa señora no creo que nos indique bien…

PasteleriaSantaTeresa

Así hasta que le dijo a José Luis: – ¡Para, para a ése hombre con el muchacho!

Cuando paró el coche, nos dimos cuenta que el señor era invidente  y el muchacho estaba malito. Aún así le preguntó por la pastelería. El pobre hombre le dijo: ay hijo, soy ciego y el muchacho repetía: Estoy paseando a mi abuelo, estoy paseando a mi abuelo…

¡No sabíamos dónde meternos! Les dimos las gracias y continuamos. Obviamente le echamos la bronca en plan:

– ¡Anda que tino tienes! –  ¡Ya te vale! – ¡Ve y pregunta ahora a ese niño de 5 años!

Finalmente, una mujer en pijama y zapatillas de estar en casa, nos indicó donde estaba la pastelería, pues ella se dirigía allí también. Tuvimos que aparcar la furgoneta e ir a pie, pues la calle era tan estrecha y empinada que corríamos el riesgo de que se quedara atrancada.

La búsqueda mereció la pena, porque los roscos estaban buenísimos y nos llevamos una cajita para nuestra madre.

Roscos de Loja

Finalmente llegamos a casa, donde, curiosamente, llovía y hacía un día triste y nublado. Aunque cansadas, no nos podíamos borrar la sonrisa de la cara. ¡Qué bien los pasamos!

Isabel SánchezIsabel Sánchez | Record Go Málaga
Apasionada del mundo de la radio, pero no me hagas reír delante del micro porque llevo incorporado el Dolby Surround

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